Dona millones y le siguen juzgando

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Mark Zuckerberg, el chico-millonario-gracias-a-Facebook, está en Barcelonahablando de internet y un poco también de hacer mejor el mundo. Sus propósitos este año han sido conectar a los pobres de la India, Zambia y Kenia y montar un club de lectura para que sus miles de amigos defiendan las vacunas. Sin embargo, nada de esto le granjea simpatías y a mí un poco me sorprende.

Permítanme poner un ejemplo mejor. Durante el invierno, cuando la crisis del ébola estaba en su apogeosanitario y mediático, supimos que Zuckerberg donó veinticinco millones de dólares para combatir el vírus en África. Era una donación mayor que la de muchos países, pero Zuckerberg tampoco despertó simpatías.

Todo lo contrario, al escuchar la noticia mucha gente reaccionaba con desdén o escepticismo. En esos días se me llenó Facebook de amigos entregados a criticar al millonario por cínico, megalómano o por agarrado. Era una reacción que hemos visto muchas veces, por ejemplo frente al activismo filantrópico deBill y Melinda Gates. El matrimonio más rico del mundo dedica parte de su fortuna a combatir la malnutrición, la malaria o el ébola, pero no han dejado nunca de levantar suspicacias.

Pero no teman, no vengo a decirles que Bill Gates y Mark Zuckerberg son grandísimas personas. Vengo a decirles que eso da igual. Que no importa en absoluto. No importa porque esto no es un concurso para escoger al mejor tipo sobre la tierra. ¿A quién le importa si Mark Zuckerberg es mejor persona que Bill Gates o que un señor muy serio que vive en Benidorm? El objetivo es lograr donaciones, sean cínicas o virtuosas, porque todas sirven igual para dar cobijo a un refugiado, repartir comida o erradicar la malaria.

Lo que importa de una donación

¿Por qué, entonces, desdeñamos las donaciones de los muy millonarios? Creo que actuamos así por confusión. Creo que mezclamos dos cosas que guardan una relación pero que no son en absoluto lo mismo. Confundimos la utilidad de un donativo y el mérito de un donativo. Y esa confusión explica por qué tanta gente despreció los veinticinco millones del dueño de Facebook.

Recuerdo que muchas personas relativizaban el donativo de Zuckerberg señalando que sus veinticinco millones no son tanto dinero porque él tiene muchísimo dinero. Y tienen razón, si quisiéramos medir el mérito de esa donación lo haríamos en términos relativos. Diríamos que Zuckerberg donó el 3% de su fortuna el año pasado. Hacer este cálculo tiene sentido si uno quisiese medirle el altruismo al billonario, pero no debe hacernos olvidar lo esencial: que sus veinticinco millones de dólares siguen siendo veinticinco millones de dólares y que a los enfermos de ébola les importa muy poco si representan el 30% o el 0,03% de la fortuna de un señor que vive en California.

La otra gran crítica consistía en decir que Zuckerberg y compañía no hacen donaciones porque sean buenas personas, sino porque quieren parecerlo. La gente millonaria quiere caer mejor a sus vecinos, limpiarse la conciencia, ligar todas las noches o ser el rey de las fiestas. Quieren sentirse apreciados y reconocidos. Y es posible que sea así… ¿Pero cómo saberlo? ¿Quién conoce los motivos que rigen nuestras acciones? Yo no sé por qué hago la mitad de lo que hago y asumo que mis motivos serán menos nobles de lo que me digo. ¿Pero a quién le importa? Con la bondad quizás ocurra lo mismo que con ser valiente, que apenas hay diferencias entre serlo y parecerlo. Si alguien se comporta con rectitud —ayuda a un accidentado, devuelve un objeto perdido o reparte un poco su riqueza—, sus motivos y lo que se agite dentro de su cabeza me parece asunto solo suyo.

Esa misma confusión, por cierto, la reproducimos al juzgar empresas. Con frecuencia escuchamos que las empresas no hacen donaciones por verdadero altruismo, sino porque buscan publicidad. Quieren caernos bien para que compremos sus productos. «Esta empresa hace donativos pero no es realmente una buena persona», parece que queremos decir. Pero eso es evidente: las empresas no son personas sino artefactos, como una Thermomix o un cortacésped. No podemos esperar que tengan virtudes que la ley no les exige ni sus clientes le demandan. Una empresa apoyará buenas causas si los consumidores la premian por ello y dejará de hacerlo si en lugar de premiarla corren a la competencia más barata.

Se buscan donantes, no héroes

En definitiva, lo que queremos es incentivar las donaciones y no montar un concurso para encontrar a la persona del año. La lógica es similar a la que aplicamos a los impuestos: aunque sabemos que los ciudadanos ejemplares pagarán su cuota por propia voluntad, no por eso dejamos de hacer inspecciones ni perseguir el delito fiscal. Lo hacemos así porque nuestro objetivo no es hacer un censo de buenos ciudadanos, sino recaudar impuestos. La misma lógica vale para los donativos: si el objetivo es multiplicar las donaciones, todos los incentivos deberían ser bienvenidos.

Bienvenido sean, pues, los incentivos.

¿Resulta que un estímulo para donar dinero es poder alardear después? Pues repartamos pegatinas y medallas y nombremos al mecenas del mes. Lo saben de sobra la mayoría de las ONG y por eso envían revistas y pulseras a sus socios para que estos puedan hacer visible su compromiso.

Y se acabó eso de pretender que las donaciones deberían ser anónimas: hagámoslas públicas y notorias. Es verdad que una donación a bombo y platillo tendrá su motivación en entredicho, pero eso no importa porque lo que queremos son más donaciones. No buscamos al rey de los virtuosos —¡el único ser en la tierra que donó pese a que eliminamos todos los incentivos para hacerlo!—, sino conseguir el dinero de los no tan virtuosos, que somos la mayoría. Haciendo donaciones con megáfono conseguiremos también visibilizar las causas y remover las conciencias. Porque cuando las donaciones son visibles se activa un círculo virtuoso de raíces innobles pero muy humanas: las donaciones de los demás nos empujan a nosotros a donar.

Así las cosas, pienso que en lugar de discutir si Zuckerberg es un tipo estupendo o un cínico vulgar y corriente, deberíamos simplemente celebrar que alguien haga lo correcto: compartir su riqueza. Porque si los celebramos, sin estridencias ni grandes cuestionamientos, estaremos contribuyendo a que proliferen esos actos de equidad y de justicia.

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