Carta abierta a María Margarita Salas Mejía, cónsul de Colombia en Madrid

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Carta abierta a María Margarita Salas Mejía, cónsul de Colombia en Madrid

Por Víctor Sánchez Rincones

Excelentísima señora María Margarita Salas, no tengo el placer de conocerla personalmente, pero le escribo esta carta abierta de forma particular, no en nombre de todos los colombianos, porque no quiero que se mal interpreten estas líneas que surgen desde la visión que tengo como periodista que reside en este país desde hace catorce años, toda una vida.

Hace dos días tuve la oportunidad, por motivos personales, de visitar el nuevo Consulado de Colombia en Madrid. Le soy sincero: no quería ir porque nunca he sentido el Consulado de Colombia como mío, como mi casa. Siempre que he acudido era por motivos de fuerza mayor y sentía que visitaba un búnker con guardias de seguridad, que apostados a la entrada no te permitían el paso si no tenías una cita y que daban al traste con ese mundo idílico que uno cree que es su consulado cuando resides en el extranjero: un trocito de tu tierra donde aquellos que por el motivo que fuere decidimos emigrar tenemos la libertad de cruzarla sin ninguna dificultad y recibir la ayuda precisa.

Ejemplo de estas vivencias negativas en el recinto consular son las veces que tuve que ir con mi madre a reclamar su certificado de supervivencia para que pudiese cobrar la pensión que tras tantos años de servicio a la enseñanza en Colombia se ha ganado. Sólo de pensarlo ‘un escalofrío recorría mi cuerpo’. Tengo que decir, en honor de la verdad, que este trámite se fue agilizando con el paso del tiempo, pero años atrás era una odisea obtener el bendito papel. Esto también ocurría cuando uno necesitaba renovar el pasaporte o la cédula de ciudadanía.

Entiendo que muchas veces no es culpa de ustedes el asumir con criterio el manejo de un consulado, pero averiguando y preguntando, me han informado que antes de usted llegar a Madrid tenía claro que iba a realizar muchos cambios en el funcionamiento y en la atención del público. También que no iba a ser una cónsul de escritorio, de cócteles y de mirada perdida, sino por el contrario, iba a estar más cerca de los problemas de los colombianos que residimos aquí.

Y tengo que agradecerle el esfuerzo que ha hecho porque he visto como el nuevo Consulado de Colombia en Madrid es de puertas abiertas. Ya no es un fortín de guerra, sino todo lo contrario, un espacio lúcido, claro, diáfano, en el que uno se encuentra libre y en el que se respira paz y hospitalidad. 

La atención de los empleados es excelente; ya no hay que pedir citas, ni rogar por un trámite. Todo funciona de forma coherente, sin atropellos, sin corsés…Y lo más importante,  se respeta la dignidad de las personas. Aunque parece una palabra perdida en el tiempo, usted ha dignificado el trato a sus compatriotas y ha sabido en poco tiempo ganarse el afecto de este ciudadano que no la conoce y que nunca ha creído en los políticos.

Así mismo, ha recobrado en mí las ganas de creer en mi país, de saber que hay personas que como usted hacen una labor meritoria sin pedir nada a cambio; que humanizan con el trato a sus compatriotas y destierran por completo esa imagen negativa de que  los funcionarios públicos sólo sirven al poder.

Viendo su hoja de vida observo con atención que se ha enfrentado a trabajos de gran responsabilidad en el ámbito diplomático y, además, que en cada uno de ellos siempre ha dejado su estampa de persona honesta y de mujer emprendedora, capaz de anteponer el bien común a sus deseos personales.

Los colombianos que vivimos en Madrid, que por las circunstancias económicas que atraviesa este país -que un día nos abrió sus puertas-, estamos enfrentado duros momentos, ahora sí podemos decir tranquilos que contamos con el apoyo de nuestro consulado, un lugar en el que nos van a colaborar, arropar o al menos escuchar.

Agradezco su gestión y sensibilidad, así como confío a la luz de las evidencias de estos primeros meses al frente del Consulado de Colombia en Madrid que el tiempo que dure junto a nosotros va a ser un tiempo de ‘savoir faire’ (saber hacer) como dirían los vecinos galos.

¡Muchas gracias!

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